José Luis Paulete

Descubrir el horizonte

Una de sus vías de indagación en el campo de la escultura nos conduce hacia el corazón de las ciudades. Estas aparecen transfiguradas en verticales bosques frondosos, palpitar agitado, ritmo veloz, geografía intrincada. Los más inmediatos paisajes de los transeúntes se alejan, así las ciudades esculpidas flotan a distancia en una ingravidez mágica. De estas ciudades en las que transcurre la vida cotidiana de tantísima gente no sólo se muestra su confusa disposición en la que se cruzan calles y edificios, sino también el horizonte que todo lo envuelve y desde que el conjunto cobra sentido. Un sentido abierto e inestable, pues el horizonte -el que define la condición urbana- apunta a un más allá inaccesible: todo horizonte nos planta ante una distancia infranqueable, una amplitud que retrocede a medida que con el vano propósito de cancelarlo vamos a su encuentro.

Desde sus lejanos límites la inmensidad marina llega a unos orificios rectangulares a cuyo través la sentimos. Y desde el mar, también se nos muestra la ciudad esculpida. Entran en juego así, reclamándose, interfiriéndose, dos horizontes. La ciudad y el mar, el mar y la ciudad. En esta escultura urbaniforme, por obra de sus miradores, queda señalada su pertenencia al mar, al agitar de sus olas, a sus ritmos y sonidos. El mar, también él, alcanza la ciudad, se busca en ella, en los edificios enmarañados dispuestos en el paseo de la playa. Gracias a la acción de la escultura ambos horizontes, tan lejanos, tan distintos, laten juntos al calor de las múltiples miradas que a ellos se asoman.

Alejandro Escudero.